30 septiembre 2011

Un remedio para madres desmemoriadas

De mi infancia tengo muy pocos recuerdos. Cuando le pregunto a mi madre detalles de mis primeros años, es imprecisa y borrosa o de plano no recuerda nada. Y yo, por mi parte, soy mujer de memoria pobre. Esta característica mía nunca me preocupó demasiado hasta que me supe madre en formación.

No podía concebir que se me fueran a olvidar todas las sensaciones de mi embarazo, todos los acontecimientos de la infancia de mi hija, que llegara a su adultez y me preguntara cuándo empezó a caminar, por ejemplo, y tuviera que decirle "no me acuerdo".

Así que el día que supe que iba a ser mamá, ese mismo día comencé a escribir un diario para mi hija en donde apuntaba todo.

Lo primero que hice fue presentarme con ella, le dije quién era yo y cómo habíamos llegado a este momento; también le hablé de su papi y de sus abuelos. Y de ahí seguí contándole de todo: complicaciones de mi embarazo, sueños, detalles de su papá, poemas, descripciones de inesperados paisajes de insólita belleza (recuerdo, por ejemplo, algunos atardeceres y un trozo de verde junto a la carretera desbordado de flores lilas), etc. También pego fragmentos de mis cartas a los amigos donde hablo de ella.

Mi diario para mi hija sigue hasta después de su nacimiento y registro cuándo se sentó, cuándo empezó a caminar; tengo una lista de sus primeras palabras (yo, por ejemplo, "ma-ma", soy su tercera palabra), sus gustos y sus gracias, sus logros.

Al leer me doy cuenta de qué gran acierto fue empezar este diario y mantenerlo por tantos años. Ahora que ya tiene ella seis observo que escribo menos y lo atribuyo al hecho de que ella ya va teniendo sus primeros recuerdos, que lo más seguro es que ya no necesite mi registro de nuestros primeros años compartidos.

Cuando me entero de que alguna de mis amigas va a ser mamá, le recomiendo que le escriba a su bebé, que le muestre su corazón, que le dé detalles de esos meses de gestación y muy especialmente del día de su nacimiento.

Yo estoy segura que si no lo apunto, lo olvido. Gracias a ese diario, hoy tengo grabado que mi hija nació en la mañana, a las 7:53, de un martes otoñal. Y para escribir no hay que ser poeta. Tampoco veo por qué el padre no pueda ser partícipe activo; al contrario, sería lo ideal.

Mi plan es que una vez que mi hija esté por empezar sus estudios universitarios, habré de ponerle en sus manos este diario con el que espero complete los recuerdos de su vida, desde el momento mismo que la supe parte de mi cuerpo y en donde queda constancia de todo el esmero y el amor de esta su madre desmemoriada.

Publicada originalmente en febrero de 2005

19 septiembre 2011

Esta Cotidianas se publicó en julio de 2005. Aprovecho que estamos en septiembre para rememorar a Víctor y enaltecer El arado y a la gente que trabaja sin quejarsse de lo arduo de su faena. M

ENCUENTRO CON EL ARADO
En mi casa la música era la ranchera: desde Lucha Villa hasta Las Jilguerillas. En estas canciones siempre se hablaba de mujeres de ojos negros, orgullosas y bonitas que se hacen del rogar. Los hombres se consuelan en el tequila, hablan de su caballo y de su pistola, y de ese amor que se les niega.

 En mi casa, la gente es gente de campo. Campesinos de poca instrucción, de una cultura del trabajo duro, de asumirlo y de distinguirse en su ejecución. Es una actitud de no quejarse y de sentirse orgulloso de tener un trabajo pesado pero honrado; de no tener que recurrir a nadie para cubrir sus necesidades.

 Es mi casa, pues, había música, alegría y mucho trabajo. Humilde todo, pero nada esencial faltaba. Mi papá cultivaba en el jardín tomates y chiles; adentro, las plantas de mi madre florecían y reverdecían casi alucinantes en su esplendor. Así era mi cotidianeidad en la infancia.

 Siendo ya estudiante de prepa, recuerdo un círculo de estudios en el Sector Reforma de Guadalajara. Se reunían muchachos que querían estudiar con mayor profundidad textos de filosofía. Un día, antes de iniciar la discusión un muchacho, Enrique, tomó su guitarra y empezó a cantar. La canción no era de las rancheras que se oían en mi casa pero tampoco eran las comerciales de la radio: no era Julio Iglesias, ni Juan Gabriel, ni Emmanuel, ni Raphael. Esta canción nunca la había escuchado. Cuánto me estremeció su letra. Fue una especie de revelación escuchar hablar de mi gente con aquella dulzura y con aquel profundo entendimiento.

 El sencillo guitarreo sostenía las palabras que yo sentía como propias: Aprieto firme mi mano,/ y hundo el arado en la tierra./ Hace años que llevo en ella,/ cómo no estar agotado./ Vuelan mariposas, cantan grillos,/ la piel se me pone negra,/ y el sol brilla, brilla, brilla./ El sudor me hace surcos,/ yo hago surcos en la tierra/ sin parar.

 Ésta fue la primera canción que escuché de Víctor Jara. Desde entonces, Víctor forma parte de todos los iconos, símbolos y experiencias que se aglutinan como mi norte: lo que me orienta y lo que me define.

 Víctor nació en Lonquén, Chile (a menos de 80 km de las afueras de Santiago) en septiembre del ’32 y murió unos días antes de cumplir los 41 en el septiembre del ’73 en la capital. Antes de morir fue torturado por varios días; los militares le rompieron las manos para que ya no tocara la guitarra y luego lo acribillaron.

 Víctor fue simpatizante del presidente Salvador Allende y cuando el golpe de estado, entre tanto muerto, quedó también Víctor. Víctor vivió su pobreza con dignidad y esfuerzo, nunca la olvidó. De hecho su vida y su obra las dedicó a enaltecer y celebrar las labores más humildes, la gente más sencilla, la que con sus manos curtidas por el sol siguen construyendo el mundo con su cotidiana labor.