18 enero 2012

#2 -- La UdeG... esa madre

Como pasante de Psicología, aquí en Dallas, tan lejos de Guadalajara, en la chamba a veces me llega correspondencia electrónica de la UdeG. Claro a veces es un golpe de nostalgia, a veces hasta de dolor.

Yo cursé el bachillerato no en tres (lo normal), sino en seis largos años. Tan intensa era la neurosis que me paralizaba que me aplicaron (más de una vez) lo que entonces llamaban el Artículo 108 y que nadie nunca jamás me explicó. Solo entendí que había sido expulsada de la Universidad de Guadalajara. En mi caso por dejar de ir a mi querida Preparatoria de Jalisco, la llamada Prepa Uno enfrente de la 15ª Zona Militar.

A medida que uno se va haciendo viejo, empieza uno a darse cuenta de que lo que nos movía intensamente en nuestra juventud ni siquiera debió habernos movido el consabido tapete. Tal fue mi caso. Ahora como miembro del Club de los Cincuenta, me doy cuenta de mi ineficacia y de la total falta de herramientas para cuidarme y encajarme de bien a bien en el mundo que me tocó.

Cuando pienso en mis seis años de prepa siempre recuerdo a los dos profesores que más me significaron. Los dos eran ingenieros y maestros de matemáticas. Uno hombre, el otro mujer. El primero dada mi juventud fue razón de un intenso enamoramiento (crush le dicen en inglés) de mi parte, fue a quien en el Dia del Maestro le regalé mis posesiones más valiosas: mis libros Éxodo de León Uris y tal vez una novela de Herman Hesse con la dedicatoria de Un gran libro para un gran maestro. El profesor falleció muy joven y muy repentinamente. Recuerdo que el estudiantado celebraba su fallecimiento por su aparente dureza y exigencia y supuesta competencia con el japonés Yamaguchi, mientras a mí me dolían su muerte y su ausencia. En un momento de angustia yo me acerqué al ingeniero Gilberto Becerra Aceves para pedirle ayuda (me llevó a él mi sola intuición de niña asustada) para hablarle de mi situación y del 108 y para pedirle ayuda explicándole que cuando mi padre llegara de Estados Unidos ese verano y se enterara de que no estaba terminando el bachillerato, me iba a matar o se moriría de la pena, así literalmente.

Por fortuna, Becerra me creyó y habló con los representantes estudiantiles de mi grupo y yo asombrada los oía decir que qué onda con mi caso que porque "Becerra presionaba". Con un intenso esfuerzo y manotadas de ahogada, una vez que me "levantaron" el 108 me dediqué a regularizarme y recuerdo que el último semestre fue tanto mi empeño que lo pasé con un promedio general de 100.

Algo representa para mí este 100 porque igual lo volví a repetir en noveno semestre de la Escuela de Psicología, promedio general de 100.

Eso me dio por pensar acerca de la universidad. Esos últimos semestres de prepa y facu, yo decidía abrir las puertas y ventanas de mi cerebro para que la universdidad me trasmitiera el conocimiento universal sobre el hombre y la naturaleza que albergaba entre sus paredes. A cambio, yo le demostraba mi amor, mi entrega dedicándome en cuerpo y alma a todas mis materias, no pensando en la calificación sino en la necesidad de adquirir conocimientos, ahora que ella, la uni, estaba a punto de vomitarme y lanzarme al mundo como mota de polvo a la buena de Dios.

También me di cuenta de que esto era como un reclamo, un tomar conciencia de que ese precioso tiempo que habitamos en el aprendizaje, cuando nuestro cuerpo con todos sus órganos y componentes están como esponja, dispuestos a absorber toda la riqueza de nuestra existencia en este planeta, los cómos y los porqués. Sabiendo que nuestra Universidad de Guadalajara dista mucho de preparar cabalmente a sus jóvenes estudiantes, esos tantos cienes míos eran un reclamo, mi manera de decirle que yo no estaba lista para que me aventara al mundo, que no estaba lista para hacer mi vida en el mundo cruel, que no sentía tener nada que contribuir a mi sociedad, que había que dar marcha atrás para que yo también, ahora con más conciencia, me dedicara a tomarla en serio.

O sea, terminé pensando, la UdeG es como una segunda madre que nos prepara para el mundo.


Hace 34 años que yo ingresé como nueva preparatoriana a la Prepa Uno y sigo aquí con la nostalgia, el apego y el cariño que me golpean cuando me llegan esos e-mails aquí a la chamba.

¡En la madre!

P.D. Hablé de los dos profesores significativos en mi vida universitaria y no mencioné a la incansable viajera, la Ing. Elsa Silvia Moyado Zapata, también ya fallecida, que fue una mentora de integridad, dignidad, ética y conocimientos para mí y una mujer sumamente inteligente que, como Becerra, también fomentó en mí el amor por las ciencias exactas, que a ambos mucho les agradezco.

09 enero 2012

2012 #1 LA MODERNIDAD Y SUS BEMOLES


Con todo y mi edad, soy de aquellos individuos que celebra todo lo que la modernidad nos ofrece. Escribo por correo electrónico, texteo cual experta en mi ya viejo iPhone, casi me acerco a la desorbitada cifra de 100 amigos en el mentado Facebook aunque haya varios que no conozco pero que me recomendó mi marido. ¡Bueno y ahora hasta tengo dos blogs!
Me maravilla la rauda velocidad con que es posible la comunicación con la gente propia y ajena. A veces me parece un poco superflua pero, sin duda, como diríamos en mi tierra, este acelere es cosa ya inevitable  y del Primer Mundo. Con todo y por eso, hay que abordar el tren o nos quedamos atrás. Lo bueno es que los hijos de uno parece que nacieron con el gen del entendimiento total de todos estos dispositivos y en un santiamén lo ponen uno al día.
Y sin embargo, y sin embargo…
Escribo ese “sin embargo” con un dejo de tristeza porque a mi hija Valentina y a su amiga Mariana (ambas de 13 años)les regalé de Navidad un paquete de notas con su nombre y apellido impresos. Rechulos los dos paquetes y a ambas les escribí una cartita en una tarjeta con mi inicial impresa. Les dije que mucho antes de la Internet, del correo electrónico, del texteo y del Facebook las personas nos comunicábamos por medio de lo que ahora su generación llama correo caracol (apare de la lentitud, por aquello de que rima en inglés snail mail). Les dije que para mí que siempre andaba o en México o en Estados Unidos el llegar a casa para ver qué había dejado el cartero era una ceremonia gozosa y luego de desconsuelo si no llegaba nada a nombre de uno. Sin duda lo rico de esta ceremonia residía en responder al amigo o al familiar que te envió una carta o una postal con un breve mensaje al reverso; sacar tu papel de correspondencia bonito, tu bolígrafo favorito y escribir varias hojas con tu letra más esmerada mientras te tomabas un café y el cenicero se llenaba con las bachas de tu cigarrillo y con tu nostalgia. Les sugerí a las chavitas que ojalá yo recibiera una cartita de cada una.

Al contarles esto me di cuenta de cuánto extraño recibir  correspondencia por correo postal. Por unos días pensé y repensé en no seguir huérfana de cartas y postales y que les volvería a escribir a los amigos de siempre.

Claro, qué güeva con el Feis tan a la mano.

Y sin embargo...

07 octubre 2011

Si me ganara la lotería

Yo tengo que trabajar, como toda la gente que conozco a mi alrededor. Quisiera ser rica. Sin embargo, la riqueza la defino en otros términos.

Claro, el dinero está de por medio porque para llegar a la riqueza según mis términos, el Sr. Dólar cuenta. Pero para mí la riqueza no es manejar el auto más caro del mercado ni tener una mansión en tres acres y contar con empleados que se encarguen de mi comodidad personal; tampoco lo es darme de compras como loca por las tiendas más caras de Dallas. Sobre todo, la riqueza no está en perder el tiempo tirada en la cama comiendo trufas y caviar con champaña. Habrá gente que pueda pasársela haciendo eso (como los ricos que vemos en la tele) pero en mi opinión, no hacen más que desperdiciar su vida y sus recursos.

Yo la riqueza la mido en función del tiempo. Sí, del tiempo que uno puede llamar propio, del cual uno es dueño (ajá, propietario). ¿Cuánto tiempo del día de verdad le pertenece? Si para nuestras cosas dispusiéramos de todo el día, de las 24 horas, si nosotros pudiésemos decir cómo vamos a organizar nuestro tiempo, si tuviésemos la flexibilidad de decir a qué horas y a qué dedicaremos el día, ¡ah, entonces seremos ricos!

Imagínese la vida de mis sueños: Puedo decirme dueña de mi tiempo. Y como todo mi día me pertenece, cuento con los recursos para vivir con cierta comodidad y holgura. Mis recursos no son ilimitados pero sí son suficientes para dedicarme a las cosas que me llaman. Ahora imagínese usted en esta circunstancia: Tiene los recursos Y EL TIEMPO para dedicarse de lleno a aquellas aspiraciones a las que también usted renunció por necesidad y exigencias de la vida. ¿Soñaba con ir a la universidad, con obtener un posgrado? ¿Quería hacer cine? ¿Quería ser arquitecto? ¿Soñaba con ser entrenador de futbol? ¿Pintor, músico, poeta? ¿Hablar tres idiomas? ¿Pensó en un plan empresarial que pudiera dar empleo a otros y que sería para ellos el jefe que usted nunca tuvo? ¿Dedicarse a labores altruistas y humanitarias? ¡Imagínese las posibilidades!

Cuando descubrí que la riqueza no se mide nada más en dinero, sino sobre todo en tiempo, desde aquel luminoso día en mis treinta estoy más que presta para la jubilación. Y la jubilación no la veo como nos la pintan en Estados Unidos: uno jugando golf y en una comunidad para personas en nuestra misma condición. No. Estoy presta para la jubilación porque seguro ese día podré vivir una vida cómoda que me dé libertad (léase tiempo) para hacer todo aquello que me falta. (¿Por qué no, dirigir un buen guión y hacerlo película? ¿Por qué no los idiomas?).

Y tengo un plan. Le aseguro que este plan lo compartimos millones. Casi nunca hago lo que necesito para darle a mi plan la posibilidad de ejecución. Ah, pero cuando vale la pena, voy con mi dolarito en mano y me compro un boleto de lotería. Nomás uno, es todo lo que se necesita: un dólar más que verde pintado de esperanza; ¿o acaso es verde porque el mismo poeta dijo que "verde es la esperanza"?

Pero mientras ese día llega, aquí me despido que tengo salir volada a mi otra chamba...

Publicada en febrero de 2005.

30 septiembre 2011

Un remedio para madres desmemoriadas

De mi infancia tengo muy pocos recuerdos. Cuando le pregunto a mi madre detalles de mis primeros años, es imprecisa y borrosa o de plano no recuerda nada. Y yo, por mi parte, soy mujer de memoria pobre. Esta característica mía nunca me preocupó demasiado hasta que me supe madre en formación.

No podía concebir que se me fueran a olvidar todas las sensaciones de mi embarazo, todos los acontecimientos de la infancia de mi hija, que llegara a su adultez y me preguntara cuándo empezó a caminar, por ejemplo, y tuviera que decirle "no me acuerdo".

Así que el día que supe que iba a ser mamá, ese mismo día comencé a escribir un diario para mi hija en donde apuntaba todo.

Lo primero que hice fue presentarme con ella, le dije quién era yo y cómo habíamos llegado a este momento; también le hablé de su papi y de sus abuelos. Y de ahí seguí contándole de todo: complicaciones de mi embarazo, sueños, detalles de su papá, poemas, descripciones de inesperados paisajes de insólita belleza (recuerdo, por ejemplo, algunos atardeceres y un trozo de verde junto a la carretera desbordado de flores lilas), etc. También pego fragmentos de mis cartas a los amigos donde hablo de ella.

Mi diario para mi hija sigue hasta después de su nacimiento y registro cuándo se sentó, cuándo empezó a caminar; tengo una lista de sus primeras palabras (yo, por ejemplo, "ma-ma", soy su tercera palabra), sus gustos y sus gracias, sus logros.

Al leer me doy cuenta de qué gran acierto fue empezar este diario y mantenerlo por tantos años. Ahora que ya tiene ella seis observo que escribo menos y lo atribuyo al hecho de que ella ya va teniendo sus primeros recuerdos, que lo más seguro es que ya no necesite mi registro de nuestros primeros años compartidos.

Cuando me entero de que alguna de mis amigas va a ser mamá, le recomiendo que le escriba a su bebé, que le muestre su corazón, que le dé detalles de esos meses de gestación y muy especialmente del día de su nacimiento.

Yo estoy segura que si no lo apunto, lo olvido. Gracias a ese diario, hoy tengo grabado que mi hija nació en la mañana, a las 7:53, de un martes otoñal. Y para escribir no hay que ser poeta. Tampoco veo por qué el padre no pueda ser partícipe activo; al contrario, sería lo ideal.

Mi plan es que una vez que mi hija esté por empezar sus estudios universitarios, habré de ponerle en sus manos este diario con el que espero complete los recuerdos de su vida, desde el momento mismo que la supe parte de mi cuerpo y en donde queda constancia de todo el esmero y el amor de esta su madre desmemoriada.

Publicada originalmente en febrero de 2005

19 septiembre 2011

Esta Cotidianas se publicó en julio de 2005. Aprovecho que estamos en septiembre para rememorar a Víctor y enaltecer El arado y a la gente que trabaja sin quejarsse de lo arduo de su faena. M

ENCUENTRO CON EL ARADO
En mi casa la música era la ranchera: desde Lucha Villa hasta Las Jilguerillas. En estas canciones siempre se hablaba de mujeres de ojos negros, orgullosas y bonitas que se hacen del rogar. Los hombres se consuelan en el tequila, hablan de su caballo y de su pistola, y de ese amor que se les niega.

 En mi casa, la gente es gente de campo. Campesinos de poca instrucción, de una cultura del trabajo duro, de asumirlo y de distinguirse en su ejecución. Es una actitud de no quejarse y de sentirse orgulloso de tener un trabajo pesado pero honrado; de no tener que recurrir a nadie para cubrir sus necesidades.

 Es mi casa, pues, había música, alegría y mucho trabajo. Humilde todo, pero nada esencial faltaba. Mi papá cultivaba en el jardín tomates y chiles; adentro, las plantas de mi madre florecían y reverdecían casi alucinantes en su esplendor. Así era mi cotidianeidad en la infancia.

 Siendo ya estudiante de prepa, recuerdo un círculo de estudios en el Sector Reforma de Guadalajara. Se reunían muchachos que querían estudiar con mayor profundidad textos de filosofía. Un día, antes de iniciar la discusión un muchacho, Enrique, tomó su guitarra y empezó a cantar. La canción no era de las rancheras que se oían en mi casa pero tampoco eran las comerciales de la radio: no era Julio Iglesias, ni Juan Gabriel, ni Emmanuel, ni Raphael. Esta canción nunca la había escuchado. Cuánto me estremeció su letra. Fue una especie de revelación escuchar hablar de mi gente con aquella dulzura y con aquel profundo entendimiento.

 El sencillo guitarreo sostenía las palabras que yo sentía como propias: Aprieto firme mi mano,/ y hundo el arado en la tierra./ Hace años que llevo en ella,/ cómo no estar agotado./ Vuelan mariposas, cantan grillos,/ la piel se me pone negra,/ y el sol brilla, brilla, brilla./ El sudor me hace surcos,/ yo hago surcos en la tierra/ sin parar.

 Ésta fue la primera canción que escuché de Víctor Jara. Desde entonces, Víctor forma parte de todos los iconos, símbolos y experiencias que se aglutinan como mi norte: lo que me orienta y lo que me define.

 Víctor nació en Lonquén, Chile (a menos de 80 km de las afueras de Santiago) en septiembre del ’32 y murió unos días antes de cumplir los 41 en el septiembre del ’73 en la capital. Antes de morir fue torturado por varios días; los militares le rompieron las manos para que ya no tocara la guitarra y luego lo acribillaron.

 Víctor fue simpatizante del presidente Salvador Allende y cuando el golpe de estado, entre tanto muerto, quedó también Víctor. Víctor vivió su pobreza con dignidad y esfuerzo, nunca la olvidó. De hecho su vida y su obra las dedicó a enaltecer y celebrar las labores más humildes, la gente más sencilla, la que con sus manos curtidas por el sol siguen construyendo el mundo con su cotidiana labor.

25 agosto 2011

Me confieso

En mi entorno inmediato se ha dado un revelador silencio sobre Irak, la guerra, la presencia estadounidense en aquellas tierras y el maltrato inhumano a los prisioneros de guerra.

¿Como culpar a la gente de mantener silencio? ¿Como hablar inteligentemente de algo que no lo es, y que en cambio sí es atroz y devastador? He visto aquí y allá la respuesta de los ciudadanos de este país ante el trato deshumanizante a los iraquíes apresados.

Entre el repudio y el "qué querían", oscila el péndulo. Luego se da la decapitación de Nick Berg. (¿De cuánto más seremos capaces? ¿Por cuánto tiempo puede uno seguir de luto?) Hace unos días vi en la televisión un conocido de la joven England afirmando que el trato que ella y sus compañeros habían dado a los prisioneros de guerra no tenía nada que ver con la tragedia de Berg.

Dios mío, pensé, ¿este hombre dónde vive? ¿Es o se hace? ¿Acaso no se enteró de que los asesinos de Berg dijeron que la muerte tan horrenda de Nick era precisamente en represalia por el trato a los iraquíes? ¿Acaso cree que es posible que actos tan innobles e indignos como estos se den en el vacío sin propiciar más violencia, muerte, destrucción y división?

Está bien que uno tienda, por naturaleza, a ser subjetivo y parcial, a aliarse a lo que conoce pero llegar a ese grado de negación, ¡por favor! (Para ser objetivo y ecuánime se necesita de otro tipo de ser humano, uno que pueda, creo yo, desligarse de afiliaciones patrioteras, geográficas, culturales y políticas; un ser humano capaz de ver la humanidad y la dignidad inherente en cada niño, mujer y hombre que habitamos este planeta que vamos entristeciendo, enrojeciendo, tan descaradamente.)

Me confieso incapaz de entender la necesidad de las guerras en este siglo. Me confieso incapaz de aceptar que lo que se busca en aquellos sitios es la democracia y el bienestar de los pueblos que los habitan. Me confieso lo suficientemente indispuesta como para tragarme esa pildorita.

Me confieso lo suficientemente cínica como para no dudar que las guerras tienen un solo e irremediable fin: el poder económico y político. Esto de las guerras es la pugna entre quien tiene el poder y quien lo quiere, entre quien tiene los recursos de riqueza y quien los quiere.

No creo que haya nación en este ensangrentado orbe que se decida a invertir imposibles cantidades de dinero con el único propósito de sembrar las semillas del bien en un sitio que pocos somos capaces de localizar en un mapa.

No creo que haya un gobierno capaz de jugarse la vida de miles y miles de sus jóvenes (tanta promesa) para mostrar la “única” forma “correcta” de vivir. El ser humano blanco, negro o de matiz intermedio, no es tan bueno.

Algo busca para su ventaja y desventaja de los demás. Cuando el ser humano de veras venza su impulso de muerte (Thanatos, según recuerdo le dicen los psicoanalistas) y sea de veras bueno, altruista y desinteresado, y procure con su bienestar el bienestar ajeno, les juro que no habrá guerras.

-Publicado originalmente en mayo de 2004

28 julio 2011

Gira y gira

Los millones de migrantes que estamos en este país somos como un calidoscopio que gira y gira poniendo a la luz la infinita variedad de nuestras historias, cada una única, sí, pero todas vinculadas por la esperanza de "una vida mejor".

Yo tengo algunas:

* La madre de cinco varones y una mujer recuerda entre una triste ternura y una sorda impotencia que una vez a la hora de la comida, cuando sus hijos estaban reunidos en torno al fogón donde las tortillas que ella hacía se inflaban cual perfectos globos, el mayor de los muchachos, Ricardo, tomaba el solitario trocito de bistec que le había tocado y --niño de la fantasía necesaria-- ponía su única tirita de carne en una humeante tortilla para hacerla taco pero antes de dar la primer mordida, la otra mano furtiva metía los dedos por el otro extremo del taco para jalar la carne y así comerse la tortilla solita. Tras el metate, haciendo las tortillas, la madre observaba callada y con el corazón partido aquel recurso de su hijo, quien luego tomaba otra tortilla para volver a repetir el truco hasta comerse la carne con la ultima tortilla con la que iba a saciar su hambre. Ricardo, ya hombre, vive en California.

* La anciana de 72 años conto un día que si bien a ella nunca le faltó la comida cuando niña, la pobreza no dejaba de sentirse en su casa de otras formas. La casa oscura con piso de tierra y paredes de adobe en la que vivió su infancia fue testamento de ello. Cuando aun estaba erigida, en esa casa cundía la tristeza y la confusión. Un recuerdo lacerante de la anciana --aunque ella lo cuente como si nada-- es que de niña una de sus amiguitas le recomendó que hiciera lo que ella, que tomara una piedra alargada y la envolviera en un pedazo de tela para que jugaran a las muñequitas. Cuando joven, esa mujer trabajo toda su vida en los campos de California y Washington. Ahora vive en una colorida casa, cual vergel, que construyera donde alguna vez estuvo la casa triste de su niñez.

* Un huérfano va y viene de Chicago a Michoacán, ya adulto y padre de familia. Siempre habrá de calarle hondo la muerte de su madre que falleció estando él de meses. Entre las infidelidades y el alcoholismo y los meses de trabajo en el Norte, pasea este hombre su orfandad y su tristeza.

* Otro hombre tuvo la infancia tan triste que, siendo el mayor de 14 hermanos, nunca pudo ir a la escuela. Fue tanta la carencia en su familia que contaba --ya entonces ante la mesa plena-- que de niño, muchas veces, la única comida que tenían era un molcajete de chile bruto (ni siquiera para los tomates tenía la familia) con tortillas duras de tan viejas. Su ilusión, decía, era tener en la boca un pedazo de piloncillo dulce y oscuro. Eso era un lujo. Emigró de México y anduvo por varios estados para establecerse finalmente en California trabajando en el campo hasta que falleció en su tierra y en su cama, una noche después de una velada donde abundaron las risas y la comida: mezcal y chicharrones y quesos y crema y carnes y cajeta y café. Aunque muy joven aun, murió con la pobreza finalmente conjurada gracias a su trabajo.

¿Hasta dónde podríamos engarzar estos pasajes de humanidad sobreviviente? Aquí en este país que necesitamos y resentimos nos encontramos todos, trabajando en lo que venga para, como tantas otras generaciones anteriores, derrotar, ahuyentar por fin el hambre y la pobreza. Enderecemos la espalda, y pulamos esa dignidad que nos caracteriza, que sí podemos llegar a esa "vida mejor".

-Publicada originalmente en marzo de 2005