29 febrero 2012

#7 – Mis libros: We Need to Talk About Kevin por Lionel Shriver

Empezando por lo obvio, resulta que Lionel no es hombre, sino mujer. Nacida en Carolina del Norte como Margaret Ann, en su adolescencia decidió convertirse en Lionel. En sus cincuenta, casada con un músico, sin hijos, Lionel vive en Londres. Lionel o Margaret Ann como a veces la pienso es una escritora de excepcionales dones.

Sin embargo, su novela We Need to Talk About Kevin (Necesitamos hablar de Kevin, ganadora del Orange Prize for Fiction en 2005)no es una lectura placentera ni deliciosa. Ay, au contraire. Es un lectura picuda y dura como clavos.

Me decidí por leer esta novela intrigada como me dejaron los avances del próximo estreno de la película del mismo nombre basada en esta obra de Shriver y protagonizada por Tilda Swinton (Eva), John C. Reilly (Franklin) y Ezra Miller (Kevin), y dirigida por Lynne Ramsay. Bueno, parece que hasta Lionel quedó complacida con el filme (tengo la impresión sin fundamento de que se trata de una mujer a la que es muy difícil darle gusto).

El libro gira en torno a nuestra psiqué y corazón, que trata con esos sentimientos que la mayoría de las veces evitamos y optamos mejor por no discutir: esos que socialmente no aceptamos, esas reacciones viscerales difíciles de nombrar que no debiésemos ignorar sin importar cuán incomodas sean.

Eva se embaraza con Kevin y su relación es todo menos aquello que sabemos o reconocemos como la norma: no se da esa fuente de enamoramiento y adoración, no hay vínculo afectivo entre madre e hijo. En realidad parece que lo que se da es un rechazo mutuo entre el bebé y la progenitora, a pesar de que Eva desea y se esfuerza grandemente por lograr la imagen de ser buena para esto de la maternidad y que es una “buena madre”. Cuando esta solo con su mamá,  Kevin no deja de llorar, rechaza el pecho y la leche de la madre y sencillamente es un bebé berrinchudo y difícil. Eva es toda ambivalencia no solo como ser humano, pero sobre todo como madre; pronto se da cuenta de que no puede llamar al frente a la mamá que supone debe ser para su hijo. Sabe lo que la sociedad espera de ella. Franklin, su marido, procura pretender que todo es normal, después de todo se trata de un bebito, piensa, así que opta por restarle importancia a la preocupación y ambivalencia de su mujer.

Con el correr de los años, Eva se da cuenta de que su primera impresión, su intuición de caerle mal a su hijo es cierta; Kevin hace todo lo que puede para que la madre sufra todo lo que sea posible, mientras deja al papá con la impresión de que no es más que un malcriado, pero sin duda un adolescente típico. Franklin sigue dedicado a la imagen de que los tres constituyen una “familia normal”. Por supuesto, no sé cómo vayan a hacerle en la película, pero de mi lectura yo creo que Franklin desde el comienzo se decidió por un acto de autoengaño a largo plazo, un padre no dispuesto a admitir que su hijo pueda ser un ser humano “maligno”, una “semilla mala”. Después de todo la maldad existe, ¿no? Pensemos en Charles Manson, Ted Bundy, etc., somos capaces de engendrar seres humanos capaces de hacer tanto daño sin que lleguemos a comprender el porqué. Tal vez para Eva sea difícil no sentirse responsable y concluya que jugó un rol en el hecho de que su hijo se convierte en un asesino “a la Columbine”. ¿Esto se debió a que es una madre ambivalente, que nunca pudo ser una mamá empalagosa con sus cariños, que no le habló con voz mimosa a su crío y todo aquello que uno piensa hace que una mujer sea una buena madre?

En mi mente lo valioso de esta novela está precisamente en la posibilidad de aceptar la ambivalencia de nuestros sentimientos por nuestros hijos. No son necesariamente queribles todo el tiempo (sabemos que no siempre son amorosos con nosotros sus padres, pero ellos son inocentes, ¿qué no?) Debemos amarlos absoluta e instintivamente todo el tiempo. Supongo que a la larga el amor vence a la indiferencia, aunque como vemos en el caso de Eva y Kevin, dolorosamente no siempre es así en todos los casos.

Como madre yo sé que a veces necesito saberme a solas para recordar quién soy y las cosas que me gustan, recuperarme para mí. A veces mi esposo e incluso mi hija tal vez no lo entiendan pero lo respetan y yo lo valoro profundamente. No ven con malos ojos que a veces quiera irme sola al cine o esconderme en la librería a leer mis libros. Creo que después de estos breves paréntesis de tiempo a solas puedo ser la madre y la esposa tolerante y amorosa que esperan y merecen.

Tal vez eso fue lo que faltó en la novela de Kevin. Me quedo con la impresión de que Eva no contó con el apoyo y la validación de Franklin y de Kevin. Tal vez Kevin, astuto como es, pudo percibir desde el comienzo la extrema ambivalencia de su madre y decidió en última instancia pagarle con odio y muertes; sin nadie dispuesto a hablar de esta situación de la ambivalencia, tal vez Kevin sintió que le tocaron malos padres, cuando lo más que debió concluir es que le tocaron meramente padres humanos y limitados.

Shriver tiene varias novelas y seguramente valga la pena leerlas todas. Ahorita me ocupa The Post-Birthday World, pero We need to Talk About Kevin vale una segunda releída.

17 febrero 2012

#6 – Los muchos caminos a casa

Recuerdo que una vez en psicoterapia le dije a mi loquero que a veces siento como si en mi cabeza hubiese un congreso o conferencia donde muchas voces hablan y discuten cualquier tema que me apura en la vida. Inocentemente le pregunté: “¿Crees que haya más de una Yo en mí?” Su rápida respuesta fue: “Bueno, por lo menos sabemos que mínimamente hay más de una tú”. No, no quiso decir que estuviera loca y que tuviera personalidades múltiples; me fui con la idea de que lo quiso subrayar eran las numerosas contradicciones que definen a la neurótica que soy.

Traigo esto a colación porque el fin de semana pasado fui al Angelika Plano a ver bella película A Separation. Al caminar de mi coche al cine, allí estaban ellas… mis voces. Todas hablábamos a la vez, muy contentas de la vida. A fin de mantenerme al tanto de todo lo que se tenía que decir, me di cuenta de que empecé a hablar a solas en voz alta. Una de las voces me sugería que bajara la voz porque los “normales” que me rodeaban me iban a “cachar” y tachar de loca, pero yo no podía hacerle caso. Todas estábamos muy contentas de encontrarnos reunidas otra vez.

Estábamos como de celebración porque yo me acababa de dar cuenta que últimamente mi pierna izquierda, la débil, la siento mucho más fuerte, tanto que ya no siento que me voy a caer con cada paso que doy. A veces tengo la audacia de caminar sin mi bastón para distancias muy cortas (como a la máquina de los dulces, a la que para empezar, claro, no debiera acercarme); o del baño en casa a mi reclinador vuelto cama. Muy infantil y displicente le respondo a mi marido cuando me insiste en que tome mi bastón: “No lo necesito!”, cosa que de corazón deseo y que estoy convencida llegará a ser.

Mis voces me felicitaron por lo fuerte y rápido que camino ahora; claro la lentitud y la cojera son sumamente evidentes, pero la mejoría es algo que no estamos dispuestas a ignorar ni negar.

Luego otro día llevé a mi hija a la que pronto será su preparatoria (high school) para que los futuros estudiantes conocieran los clubes y actividades extracurriculares a los que se podrán inscribir. Dada mi propia experiencia en las escuelas de Estados unidos, yo estaba un poco nerviosa pero puedo decir que caminé fantásticamente bien. Sí, me cansé mucho pero quedé muy contenta conmigo misma.

El hecho de que estas voces hayan vuelto a resurgir y que para mi parecen individualidades muy distintivas, me hizo que también me diera cuenta que desde mi derrame cerebral de junio 2008 se habían desaparecido por completo. Le comenté a mi marido que tal vez la parte del cerebro que se me murió esa noche de junio era donde mis voces habían vivido y que finalmente habían encontrado nuevos caminos neuronales que las llevaban a casa.

Ojalá así sea porque eso quiere decir que mi cerebro de seguro está furiosa y desesperadamente trabajando en pos de recuperar su potestad sobre mis miembros izquierdos.

Literalmente: Ojalá.

13 febrero 2012

#5 – Carta a la casa de mi infancia en California

Querida 411 Woodbridge Ave:

Hace poco me enteré de que te construyeron en 1929 y que les ofreces 1225 pies cuadrados (arribita de 370 metros cuadrados) a tus habitantes. Eres una casa más bien humilde. El pago hipotecario mensual de mis padres cuando fuiste nuestro hogar era de 65 dólares.

Pero déjame te cuento lo que fuiste en los setenta cuando fuiste mi casa.

Por su trabajo en las huertas, nuestros padres no pudieron recogernos en el aeropuerto ese verano. Así que nos dijeron a Irma y a mí que tomáramos un taxi de Sacramento a lo que sería nuestra nueva casa y de la cual no teníamos ningún otro dato excepto por la mágica dirección apuntada en un pedazo de papel y al cual nos aferramos cual náufragas: 411 Woodbridge Ave. El camino a nuestro pueblo era una hora al sur de Sacramento.

Antes de ti vivimos en propiedades de alquiler, todas pobres y seguramente indeseables para la mayoría de la gente pero para nosotras dos eran los lugares más seguros gracias a que nuestros padres se anclaban allí firmes y seguros.

Cuando salimos del taxi y vimos el número 411 en una casa que para nuestros ojos parecía una mansión, automáticamente caminamos por un caminito de terracería a tu costado que nos llevó a otro sitio cercano que nos pareció más apropiado (por ser más pobre) para nosotros.

Finalmente tuvimos que aceptar que la casa bonita que vimos al principio eras tú, nuestra casa. Caminamos tu perímetro incrédulas y en admiración. Tenías un patio trasero con cerca y un porche en uno de tus costados. No sé qué estaría sintiendo o pensando mi hermana pero yo recuerdo que no podía asimilar que detrás de esas cortinas livianas y de un color amarillo claro y cremoso que cubrían las ventanas salientes que enmarcaban el frente de la casa, era el lugar donde íbamos a vivir. A las hermanas que todavía no cumplían los 15 (muy jóvenes e inocentes), la casa parecía sacada de un cuento de hadas.

411 Woodbridge, tú contienes tanto de la historia de mi familia. ¿Te acuerdas de toda la gente a la que le diste espacio, los tantos tíos y primos para quienes mis padres abrieron tus puertas de par en par para que pudieran trabajar con nosotros en los campos y las huertas de California y así pudieran mandar un poco de dinero a su gente en el sur? ¿Te acuerdas de mi mamá cuando se levantaba a las dos o tres de la mañana para hacer tortillas de harina para todos esos hombres? ¿Te acuerdas de sus manos emblanquecidas, su rostro sudoroso y su palo de las tortillas con el cual transformaba la masa en discos planos que luego florecían en el comal deliciosos y livianos con aire caliente? ¿Te acuerdas de sus plantas, un verdor alucinante, cómo adornaban tus espacios comunales? ¿Te acuerdas de nuestros amigos que venían a jugar cartas toda la noche y que a la mañana se quedaban a desayunar con nosotros el menudo cocinado por mi mamá?

¿Y mi papi, 411 Woodbridge? ¿Te acuerdas de él, de su risa, de sus bromas cuando trapeaba el piso de tu cocina? ¿Te acuerdas de sus plantas de tomate y chile que regaba con sus silenciosos modos campesinos en tu patio trasero? Te acuerdas de los tres hijos de Sergio (Eva, Sergito y Adán) y cuantísimo los quisimos?

¿Te acuerdas cuando finalmente uno de tus cuartos se convirtió en mi dormitorio? Allí, por algún motivo, terminé con un escritorio y mi cuarto era escueto y esmerado, todo en su lugar, embellecido con los libros que pedía en préstamo de la biblioteca pública (en especial recuerdo los poemas de un  policía hispano de Nueva York vuelto poeta).

Estabas llena a más no poder, 411 Woodbridge, estabas llena del amor que nos unía, de la luz que aquellas cortinas amarillas no podían contener; estabas llena de nuestra música, nuestras risas, nuestro idioma, nuestro verdor, nuestros cumpleaños, nuestras costumbres y con el hambre de mis padres por derrotar la pobreza crónica y extrema de donde venían. Y por su capacidad inagotable para trabajar y su devoción por su familia lo lograron. Y finalmente, tú, 411 Woodbridge, los hiciste dueños de su casa en Estados Unidos.

En el paisaje del norte californiano, vuelto moreno por inmigrantes trabajadores como mi mami y mi papi, ay 411 Woodbridge, qué alegría me da saber que todavía estás allí, alta y de pie.


(Traduccion de mi "post" actual para mi blog en inglés "Trust Me")

09 febrero 2012

#4 – El Feis a las tres de la mañana

Esa noche a las tres de la mañana no pude dormir. Agarré mi teléfono celular y me puse a ver qué había de nuevo en el Feis. Luego la curiosidad me llevó a buscar nombres de viejos conocidos. Encontré uno, gringo, quien deja abierta la posibilidad de ver sus fotos. Pude ver que además de ser profesor e investigador de la universidad a la que asistí, el hombre se divorció de aquella primera esposa que le conocí; pero primero tuvieron un hijo que ya es un joven adulto. Tiene también una hija que seguro ya empezó la primaria, muy linda y, cual debe, es el sujeto principal de las fotos del historiador. No sé si esta nena es producto de un segundo matrimonio o de una relación seria a largo plazo.

Luego vi la lista de sus amistades, tiene más de 400 (yo no llego a 100); su hijo tiene más de 2,000 (!). Entre los más de cuatrocientos nombres pude encontrar los de sus tres hermanos y el de un psicoanalista que en aquel entonces me parecía de lo más interesante, inteligente y atractivo (otro de mis inútiles crushes) y quien ahora ya también tiene dos hijos.

Pongámosle nombre al gringo, digamos que se llama Bill o Bob. Bob tiene un hermano y dos hermanas. Con una de ellas tuve una incipiente y enclenque amistad que se basó en cartas y hasta en un viaje que ambas hicimos, ella de Chicago, yo de Dallas, a Kansas City. Desde ese viaje nos dejamos de frecuentar. Digamos que esta joven se llama Moira.

Moira, es físicamente hermosa (los cuatro hermanos más o menos son muy atractivos) pero Moira sobresale: ojos azules, tez blanca y pálida, el cabello rojizo (de esa belleza a la que los hombres escriben poemas). Inteligente, buena onda. Tan guapa que hasta posó para algunos anuncios publicitarios. El psicoanalista que les mencioné, ese mi crush, alguna vez me dijo que se había enamorado de Moira con tan solo verla y que creía en el amor a primera vista. Yo le argumenté que entiendo que Moira le haya gustado tantísimo, si estaba tan “re buena” (como decimos en mexicano) pero eso de enamorarse se me hacía un poco extremoso. ”Gustarte para salir con ella, conocerla, y hasta encamarte con ella, lo entiendo; pero eso de enamorarte con el ‘mucho gusto’, discúlpame pero vooooy”. Él, digamos Máximiliano, siguió firme en su postura de estar enamorado de la Moira.

Anyway. Resulta que no pude ver las fotos de Moira pero la vi en algunas de Bob y su hijo. Sigue muy bella . En una aparece con un bebé que me hizo suponer es su hijo. El bebé, muy lindo, de traje y corbatita, blanco, blanco como la mamá, aunque el pelo rubio sin nada de rojizo. Moira sigue luciendo sencilla, hermosa sin maquillaje y sin aspavientos que te hagan decir “bájele mi chava ya sabemos que usté está que se cae de chula”. La Moira sigue viéndose súper bella y buena onda como cuando la conocí.

Después de hora y media de repasar lo que tenían accesible en Feis Bob y Bob Jr., ya no pude conciliar el sueño. Me clavé recordando el tiempo de convivencia con Bob y Moira (a los otros dos hermanos los conocí solo de nombre y ahora de foto).

Bob y Moira son un claro ejemplo para mí de lo que es pertenecer a Estados Unidos, de tener esa certidumbre de pertenencia, de conocer y saber aprovechar las ventajas de ser hijos y ciudadanos de este país. Ambos tenían o tienen (por lo que alcanzo a dilucidar) un gran apego por México (creo que una de sus abuelas tiene raíces mexicanas). Por ejemplo, los hijos de Bob tienen madres mexicanas; habla español perfectamente; es profesor de una universidad mexicana, etc. Aparte de primermundistas natos, Bob y Moira son hermosos, inteligentes, y según recuerdo, de nobles sentimientos.

Cuando yo los conocí yo estaba en mis veinte, cargada de mi incertidumbre, de mi inseguridad y de no saber por qué rumbo me llevaba la vida. Aunado a eso iba yo marcada con mi experiencia de inmigrante, de saberme ajena a su mundo, de haber sufrido el racismo en mi infancia, etc.

Creo que volví a sentir esa tristeza y, por qué no decirlo, la envidia de su vida más segura y establecida (a pesar de su juventud).

Ahora puedo darme el lujo de confesar estos sentimientos de tristeza y envidia porque los he superado.

Creo.

Cuando pensé esto fue que finalmente volví a dormir.

30 enero 2012

#3 -- Descubrir a los Beatles

Dependiente total de los libros y la música, me resulta un poco extraño que yo descubriese a este grupo, original e incomparable y que tanto ha aportado a la cultura y al arte universales, ya bien entrada a mis veinte.

Recuerdo perfectamente cómo fue mi encuentro con los Beatles. Cursaba los últimos semestres de la prepa, así que fue por el 83. El muchacho que me interesaba más allá de la amistad, Alejandro, y yo nos hicimos partícipes de un círculo de estudios izquierdoso. Aparte de mi natural interés de aprender, puesto que leíamos materiales de Engels, Hegel y Marx, mi interés principal, en realidad, era la compañía de Alejandro.

En una de esas, el círculo de estudios organizamos una fiesta en el sitio donde estudiábamos. No recuerdo el motivo, aunque para empezar los motivos no hacían falta. Los conductores del círculo era una pareja de chilangos. María y su esposo, aunque principalmente María dirigía el círculo de estudios. A mí me parecía una mujer brillante y con experiencia; su nivel de conocimientos me parecía envidiable y admirable de verdad.

Para mí lo triste de las fiestas es que mas allá de mi sosa participación en las discusiones del material leído, es que yo era una joven más bien solitaria y sin amigos; en el fondo me quemaba una timidez crónica que intentaba disimular como mejor podía, tanto que muchos no pudieran imaginar que yo era tímida. Motivo de más por el cual yo me aferraba a mi amistad con Alejandro.

Alejandro me parecía más convencido de la cuestión filosófica y política que se desprendía del círculo de estudios. Me parece que socializaba mejor que yo con los demás integrantes del círculo. De inteligencia y honestidad afiladas, a veces me parecía hasta hiriente, pero su nobleza y ,precisamente, su honestidad me tenían ilusionada.

Llegado el día de la fiesta yo quería aparentar que pertenecía, como cualquiera, al grupo de jóvenes tomadores, alegres, discutidores que fueron armando la pachanga. Como siempre, yo me quedé al margen, asomándome con hambre y necesidad sin que nadie pudiera inferirlo de verme callada y sonriente, platicando con Alejandro.

En algún momento perdí mi asidero; es decir, Alejandro se desapareció por un rato y me vi sola. Tengo la impresión de que me salí del edificio y en la acera me fumé un cigarro para hacer tiempo. Cuando finalmente volví a la sala principal buscando a Alejandro con la mirada, me di cuenta de que el espacio estaba en penumbra, habían apagado las luces; creo que la luz que se filtraba de la calle por los ventanales era la luz mercurial. Me percaté de que había parejas abrazadas bailando. Era una canción cuya melodía indudablemente exigía bailar, lentamente y abrazados como las parejas enfrente de mí. Yo que me creía saber más o menos de música me pregunté: “¿Qué música es esta?” El corazón se me llenó de tristeza, para mí fue la constatación de mi sentimiento de que yo no pertenecía en ese mundo; en la belleza melódica de la canción sentía que esa música me marginaba y me alejaba de la posibilidad del amor, dejándome únicamente con mi ilusión y mis sueños. A la vez la música me tenía cautiva, no podía moverme; me sabia seducida por las parejas que bailaban con los ojos cerrados y por las voces que cantaban “I'm in love for the first time/ Don't you know it's gonna last/ It's a love that lasts forever/ It's a love that had no past/ (y luego la plegaria) Don’t let me down.”

No sé a quién le pregunte que me dijo que eran los Beatles. Desde entonces me los apropié y los llamo míos. Por fortuna mi esposo Raúl es un beatlemaniaco y nuestra hija Valentina, también lo es, cual debe.

Sin duda John es mi Beatle favorito, aunque yo no tenía conciencia de él cuando lo asesinó el tal Chapman. La semana pasada venía escuchando a John en el auto y cuando llegué a Beautiful Boy que le compuso a su hijo Sean, me imaginé la pérdida de ese niño, al haberse quedado sin su padre. Sentí resentimiento contra Chapman y se me rasaron los ojos de lágrimas. Y es que Chapman no solo le robó la vida a John, no solo les robó su padre a Sean y a Julian; nos robó a todos nosotros. Cuánto no le faltaba por crear y componer a nuestro John, cuánta de su creatividad perdimos ahora que entraba a su plena madurez como hombre y artista, ya solo sin los otros tres? Seguro todavía venía lo mejor y el Chapman nos lo robó a todos.

But John, you never let me down.

18 enero 2012

#2 -- La UdeG... esa madre

Como pasante de Psicología, aquí en Dallas, tan lejos de Guadalajara, en la chamba a veces me llega correspondencia electrónica de la UdeG. Claro a veces es un golpe de nostalgia, a veces hasta de dolor.

Yo cursé el bachillerato no en tres (lo normal), sino en seis largos años. Tan intensa era la neurosis que me paralizaba que me aplicaron (más de una vez) lo que entonces llamaban el Artículo 108 y que nadie nunca jamás me explicó. Solo entendí que había sido expulsada de la Universidad de Guadalajara. En mi caso por dejar de ir a mi querida Preparatoria de Jalisco, la llamada Prepa Uno enfrente de la 15ª Zona Militar.

A medida que uno se va haciendo viejo, empieza uno a darse cuenta de que lo que nos movía intensamente en nuestra juventud ni siquiera debió habernos movido el consabido tapete. Tal fue mi caso. Ahora como miembro del Club de los Cincuenta, me doy cuenta de mi ineficacia y de la total falta de herramientas para cuidarme y encajarme de bien a bien en el mundo que me tocó.

Cuando pienso en mis seis años de prepa siempre recuerdo a los dos profesores que más me significaron. Los dos eran ingenieros y maestros de matemáticas. Uno hombre, el otro mujer. El primero dada mi juventud fue razón de un intenso enamoramiento (crush le dicen en inglés) de mi parte, fue a quien en el Dia del Maestro le regalé mis posesiones más valiosas: mis libros Éxodo de León Uris y tal vez una novela de Herman Hesse con la dedicatoria de Un gran libro para un gran maestro. El profesor falleció muy joven y muy repentinamente. Recuerdo que el estudiantado celebraba su fallecimiento por su aparente dureza y exigencia y supuesta competencia con el japonés Yamaguchi, mientras a mí me dolían su muerte y su ausencia. En un momento de angustia yo me acerqué al ingeniero Gilberto Becerra Aceves para pedirle ayuda (me llevó a él mi sola intuición de niña asustada) para hablarle de mi situación y del 108 y para pedirle ayuda explicándole que cuando mi padre llegara de Estados Unidos ese verano y se enterara de que no estaba terminando el bachillerato, me iba a matar o se moriría de la pena, así literalmente.

Por fortuna, Becerra me creyó y habló con los representantes estudiantiles de mi grupo y yo asombrada los oía decir que qué onda con mi caso que porque "Becerra presionaba". Con un intenso esfuerzo y manotadas de ahogada, una vez que me "levantaron" el 108 me dediqué a regularizarme y recuerdo que el último semestre fue tanto mi empeño que lo pasé con un promedio general de 100.

Algo representa para mí este 100 porque igual lo volví a repetir en noveno semestre de la Escuela de Psicología, promedio general de 100.

Eso me dio por pensar acerca de la universidad. Esos últimos semestres de prepa y facu, yo decidía abrir las puertas y ventanas de mi cerebro para que la universdidad me trasmitiera el conocimiento universal sobre el hombre y la naturaleza que albergaba entre sus paredes. A cambio, yo le demostraba mi amor, mi entrega dedicándome en cuerpo y alma a todas mis materias, no pensando en la calificación sino en la necesidad de adquirir conocimientos, ahora que ella, la uni, estaba a punto de vomitarme y lanzarme al mundo como mota de polvo a la buena de Dios.

También me di cuenta de que esto era como un reclamo, un tomar conciencia de que ese precioso tiempo que habitamos en el aprendizaje, cuando nuestro cuerpo con todos sus órganos y componentes están como esponja, dispuestos a absorber toda la riqueza de nuestra existencia en este planeta, los cómos y los porqués. Sabiendo que nuestra Universidad de Guadalajara dista mucho de preparar cabalmente a sus jóvenes estudiantes, esos tantos cienes míos eran un reclamo, mi manera de decirle que yo no estaba lista para que me aventara al mundo, que no estaba lista para hacer mi vida en el mundo cruel, que no sentía tener nada que contribuir a mi sociedad, que había que dar marcha atrás para que yo también, ahora con más conciencia, me dedicara a tomarla en serio.

O sea, terminé pensando, la UdeG es como una segunda madre que nos prepara para el mundo.


Hace 34 años que yo ingresé como nueva preparatoriana a la Prepa Uno y sigo aquí con la nostalgia, el apego y el cariño que me golpean cuando me llegan esos e-mails aquí a la chamba.

¡En la madre!

P.D. Hablé de los dos profesores significativos en mi vida universitaria y no mencioné a la incansable viajera, la Ing. Elsa Silvia Moyado Zapata, también ya fallecida, que fue una mentora de integridad, dignidad, ética y conocimientos para mí y una mujer sumamente inteligente que, como Becerra, también fomentó en mí el amor por las ciencias exactas, que a ambos mucho les agradezco.

09 enero 2012

2012 #1 LA MODERNIDAD Y SUS BEMOLES


Con todo y mi edad, soy de aquellos individuos que celebra todo lo que la modernidad nos ofrece. Escribo por correo electrónico, texteo cual experta en mi ya viejo iPhone, casi me acerco a la desorbitada cifra de 100 amigos en el mentado Facebook aunque haya varios que no conozco pero que me recomendó mi marido. ¡Bueno y ahora hasta tengo dos blogs!
Me maravilla la rauda velocidad con que es posible la comunicación con la gente propia y ajena. A veces me parece un poco superflua pero, sin duda, como diríamos en mi tierra, este acelere es cosa ya inevitable  y del Primer Mundo. Con todo y por eso, hay que abordar el tren o nos quedamos atrás. Lo bueno es que los hijos de uno parece que nacieron con el gen del entendimiento total de todos estos dispositivos y en un santiamén lo ponen uno al día.
Y sin embargo, y sin embargo…
Escribo ese “sin embargo” con un dejo de tristeza porque a mi hija Valentina y a su amiga Mariana (ambas de 13 años)les regalé de Navidad un paquete de notas con su nombre y apellido impresos. Rechulos los dos paquetes y a ambas les escribí una cartita en una tarjeta con mi inicial impresa. Les dije que mucho antes de la Internet, del correo electrónico, del texteo y del Facebook las personas nos comunicábamos por medio de lo que ahora su generación llama correo caracol (apare de la lentitud, por aquello de que rima en inglés snail mail). Les dije que para mí que siempre andaba o en México o en Estados Unidos el llegar a casa para ver qué había dejado el cartero era una ceremonia gozosa y luego de desconsuelo si no llegaba nada a nombre de uno. Sin duda lo rico de esta ceremonia residía en responder al amigo o al familiar que te envió una carta o una postal con un breve mensaje al reverso; sacar tu papel de correspondencia bonito, tu bolígrafo favorito y escribir varias hojas con tu letra más esmerada mientras te tomabas un café y el cenicero se llenaba con las bachas de tu cigarrillo y con tu nostalgia. Les sugerí a las chavitas que ojalá yo recibiera una cartita de cada una.

Al contarles esto me di cuenta de cuánto extraño recibir  correspondencia por correo postal. Por unos días pensé y repensé en no seguir huérfana de cartas y postales y que les volvería a escribir a los amigos de siempre.

Claro, qué güeva con el Feis tan a la mano.

Y sin embargo...